miércoles, 22 de enero de 2014

Carta abierta a Manu Leguineche

Hoy nos ha dejado Manu Leguineche, periodista y escritor admirado y admirable y ser humano de valores y enseñanzas inconmensurables. Entró en mi vida, como en la de muchos, a través de una pantalla de televisión, informando con rigor y humanidad de los conflictos armados que se producían en cualquier lugar del mundo. Sus crónicas, su manera de narrar, su empeño por lograr que no permanecieran en la indiferencia personas y lugares olvidados, me animó a acercarme a sus libros.
Me cautivó para siempre con Los ángeles perdidos, una magnífica obra sobre los niños que no pudieron serlo por las guerras, la pobreza o la marginación. Cuando cerré la última página de ese libro supe que iba a admirar a Manu eternamente, en lo literario y, sobretodo, en lo humano. Me convertí en lector voraz de su obra y empaticé con su manera de entender la vida y de llevar la enfermedad: “soy la prueba de que todas las guerras se pierden”, dijo demostrando sensibilidad y brillantez hasta el último momento de su vida.
Manú, que recorrió el mundo entero y vio lugares que muchos no podemos ni imaginar que existen, eligió vivir su particular descanso del guerrero en La Alcarria. Aquí fue feliz, hizo amigos que le recordarán y le contarán siempre y recibió homenajes y distinciones que, por numerosos y sentidos que fueran, nunca podrán pagar lo que él hizo por la provincia, por el periodismo y por el humanismo.
Me siento orgulloso de que Azuqueca tenga una calle que lleva su nombre. Recuerdo que se lo comuniqué por carta, hace ahora casi un año. Él me llamó por teléfono para agradecerlo y me emocionó, como me emociona ahora revivir ese momento de conversación con alguien que para mí ha sido desde la infancia un referente intelectual y moral, una persona inteligente y, sobre todo, un hombre bueno, justo, luchador y defensor de los más débiles del mundo. Descanse en paz.