viernes, 28 de octubre de 2016

El PSOE ante el espejo

El PSOE es el partido con más historia de España. No sólo es el más antiguo de los que hoy conforman nuestro panorama político, también es el partido que más transformación ha producido y el que más ha influido en los cambios que ha experimentado la sociedad española desde que en el siglo XIX se generasen las organizaciones políticas como las conocemos hoy.

En sus más de 137 años muchas cosas han pasado al PSOE, por el PSOE y con el PSOE. Buenas, malas, regulares. 137 años dan para mucho, para casi todo. Hoy, el PSOE vive un momento crítico, uno más, uno muy importante. Algunos lo presentan como el único, quizá interpretando que todo tiempo pasado, si no mejor, fuera, al menos, más fácil, más claro. No creo que sea así.

Este artículo no va a hablar del lejano pasado. Estas letras están pensadas para el presente continuo y para el futuro cercano, y no quieren ser sino una modesta contribución al análisis de este conflicto estratégico que vive el Partido Socialista, sus bases, sus votantes y en general, la ciudadanía española. Sí, estratégico, pues esta es para mí la verdadera cuestión, y no sus principios, que como luego expondré no están puestos en contradicción en este proceso.

Comencemos refutando algunas falacias, revisando los hechos como ocurrieron:

“EL PSOE SE PRESENTÓ A LAS ELECCIONES DEL 26-J SOLO DICIENDO QUE VOTARÍA NO A RAJOY”. 

El PSOE afrontó la segunda contienda electoral con un proyecto claro: Un sí por el cambio. De lo que se trataba era de hacer ostensible a los votantes de izquierda y de centro que si querían que dejase de gobernar el PP y se produjese un cambio en las políticas había que votar al PSOE. O dicho de otra manera, decíamos al electorado que si aún gobernaba Rajoy era a pesar del PSOE y por culpa de Podemos. En estas elecciones pesaban tres conceptos claros: El primero, la mayoría había votado cambio en diciembre y Podemos lo había bloqueado. El segundo, había que llamar al votante de Podemos pero era más importante la idea de cambio que la de izquierda, para poder seguir sumando a Ciudadanos siempre que los escaños socialistas y naranjas superasen a los populares. El tercero, no habría más elecciones, ya que las segundas habían sido a pesar de los socialistas que fuimos los únicos en intentar evitarlas.


Como se ve los tres argumentos apuntaban a dos ideas clave: cambio político y desbloqueo institucional. Los electores debían votar por cambio (PSOE) o continuidad (PP). De estos tres conceptos, nuestro discurso consideró más los primeros, pero a la vista de los resultados, para los electores pesó más el último, pues solo así se explica que no sólo el PSOE perdiera apoyos con destino en la abstención y en el PP, sino que lo mismo le ocurriera a Ciudadanos e incluso a Unidos Podemos. Los resultados electorales y la deriva del nacionalismo catalán hacían de nuevo imposible cumplir dos de los planteamientos electorales con los que el PSOE se comprometía con la sociedad: o incumplíamos nuestra opción por el cambio interpretado por impedir un gobierno del PP (que no ha sido respaldada y que ha perdido apoyos en votos y en escaños) o incumplíamos nuestro compromiso de no bloquear la formación de un gobierno y provocamos terceras elecciones generales en un solo año. La fórmula que permitía cumplir la palabra era un gobierno socialista apoyado en Podemos y Ciudadanos. Desgraciadamente los morados vetaban a los naranjas, y el apoyo de los naranjas no superaba la minoría mayoritaria del PP. Pero no era el plan de Pedro Sánchez ir a terceras elecciones, ni tan siquiera en los primeros días tras el no a la investidura de Rajoy de principios de septiembre.

“NUNCA, HASTA OCTUBRE, EL COMITÉ FEDERAL QUISO ABSTENERSE”.

Los días posteriores a las elecciones del 26-J estuvieron presididos por la oferta de Rajoy a Pedro Sánchez de abordar un pacto a la alemana: “la gran coalición”. La mayoría de voces socialistas que expresaron su opinión aquellos días lo hacían para plantear la necesidad de pasar a la oposición, para rechazar gobernar si era dependiendo de las formaciones independentistas catalanas en pleno proceso rupturista de éstos, y para descartar un gobierno de unidad con el PP. Así fueron las declaraciones del propio Secretario General tras el Comité celebrado el 9 de julio. Según se ha especulado después, Pedro Sánchez buscaba una abstención digna y habría informado a Rajoy, el cual se lo confesó a algunos periodistas al regreso de su viaje a China, y para lo que solicitó la ayuda de Felipe González (nadie ha desmentido a González, con lo fácil que hubiera sido). La única opción manejada como alternativa era que el PNV, bien antes de someterse a la campaña electoral en el País Vasco, o bien tras la misma si el resultado le hiciera necesitar del apoyo del PP, concediera un voto favorable que evitase el sacrificio socialista. Pero si había una idea permanente, un argumento reiterado y de absoluto consenso entre las y los socialistas, era el de descartar las terceras elecciones. Todo esto se puede comprobar en la hemeroteca, pues los registros son muy numerosos. Y así eran las cosas hasta que la construcción del “no es no” evolucionó de negar la gran coalición a cerrar la vía de la “abstención negociada”.

“LA MAYORÍA DE MILITANTES Y VOTANTES DEL PSOE PREFERÍAN ELECCIONES A DESBLOQUEAR LA SITUACIÓN”. 

Este aspecto es más valorativo. Puedo contar mi experiencia en Guadalajara en la visita a las fiestas de los pueblos entre julio y finales de septiembre y lo que a mí me decían los representantes del PSOE en los ayuntamientos de mi provincia y los vecinos y vecinas que se me acercaban. La inmensa mayoría de los nuestros rechazaban terceras elecciones, decían que no tenían motivación para una nueva campaña, que no encontrarían siquiera quien pusiera los carteles, buzonease el programa por las casas o se comprometiera como interventor en la jornada electoral. La gente nos pedía salir ya del bloqueo, incluso había quien nos expresaba que, de haberlo sabido, no nos habría votado. Las propias encuestas de agosto y septiembre revelaban que terceras elecciones nos llevarían, en el mejor de los casos, a las cuartas y éstas a las quintas y así hasta el infinito, con levesmejorías del PP o desbloquearían la situación en favor de un gobiernosin posible influencia de la izquierda (mayoría absoluta de PP más Ciudadanos).


Las encuestas también demostraban como no sólo lamayoría de españoles, sino también de votantes socialistas, preferían desbloquear la situación de ingobernabilidad de España aunque fuese a costa deuna abstención del PSOE al PP, que repetir elecciones.

“AL PSOE LE IRÍAN MEJOR LAS TERCERAS ELECCIONES, LOS PERJUDICADOS SERÍAN PP Y PODEMOS”.

Basta ver la evolución de los resultados de mayo a diciembre de 2015, desde ahí hasta octubre de 2016 pasando por el 26 J para desmentir ese discurso. Aunque siempre hay un amplio margen de incertidumbre, aunque muchas encuestas se utilizan más como artefactos de campaña que como verdaderos análisis sociológicos, la evolución, las claves de campaña (en 2015 la ciudadanía votaba considerando la crisis, la corrupción y los recortes y en 2016 más en posiciones relativas a la estabilidad y el desbloqueo institucional), el análisis de lo recién comprobado y el agotamiento de la sociedad, incluyendo una progresiva deslegitimación de la democracia y del sistema que perjudica más al PSOE que al PP y Podemos, hacían presagiar que dirigirse a las terceras elecciones serían una mala decisión para el PSOE. Noes la opción del PSOE hasta la llegada del mes de septiembre y entonces lo es más en clave interna, o como movimiento táctico para influir en el resto de fuerzas parlamentarias, que una postura real. Mientras se formula esta propuesta, según reconoce el PNV, se está negociando con Podemos y los nacionalistas catalanes y vascos. Si algo me ha demostrado mi experiencia política es que ningún dirigente quiere suicidarse. Es evidente que el desempate de las terceras elecciones nos llevarían a un gobierno más fuerte e independiente del PP que ya contaría con mayoría suficiente. Este contexto sería la antesala de un Congreso Federal del PSOE que depurase la responsabilidad de la tercera y definitiva derrota del PSOE eligiendo un nuevo Secretario General. No, nadie en el PSOE, ni siquiera Sánchez si antes no pasaba por un Congreso Ordinario, podía desear terceras elecciones. Esa jugada era más interesante para el PP y para Podemos que para los socialistas.

La verdad es que el PSOE nunca quiso terceras elecciones. No las quiso nadie del PSOE y por razones más que fundadas. Las terceras elecciones serían malas para España, malas para nuestra democracia y malas para el PSOE. ¿Por qué ahora, sin embargo, hay tantos partidarios de ellas? ¿Por qué cuando ya, despejada la opción de un gobierno alternativo que era poco factible y, a mi juicio, bastante radiactivo, queda como única opción al gobierno de la lista más votada y con más apoyo parlamentario, afloran los planteamientos que nos indican que se trata de una solución mejor? Yo creo que tiene que ver con dos cuestiones. Por un lado la de una creciente comprensión de interpretar la dinámica política como un instrumento de autoafirmación y confrontación de posiciones ideológicas estancas en lugar de resolución de los conflictos sociales e ideológicos. Por otro, situar las decisiones estratégicas en contraposición de los principios morales y de los fines perseguidos. Me explicaré: 

1º: La política no sirve para confrontar sin resolver. Para eso está la imposición, no el diálogo. La política es el instrumento de resolución de las diferencias que utilizamos de manera alternativa a la fuerza. La política, en democracia, quiere asegurar la convivencia. Es racionalista, y por tanto también relativista frente al absolutismo de la imposición. Y es respeto a las ideas de los demás. No nos presentamos a las elecciones ni ostentamos la representación en ayuntamientos o parlamentos para portar unas ideas, sino para mediante el convencimiento mayoritario o el consenso con otras opciones, poder llevarlos a la práctica. Añoro ese tiempo, de la incipiente democracia española de 1978, donde llegar a acuerdos con los adversarios era una virtud. Tiempos en los que Carrillo se entendía con Suarez, en los que Felipe lo hacía con Fraga. Claro que importaba que unos procedieran de la Dictadura franquista y otros fueran perseguidos por la misma, pero pesaba mucho más resolver el conflicto que afirmarlo. Creo que los dirigentes españoles de la Transición, estuvieron a la altura de las circunstancias y apoyados en la voluntad de la ciudadanía pero también guiando a ésta a esa posición, hicieron política y así evitaron que volvieran los comportamientos más belicistas. 

¿Qué hemos hecho en nuestro país para que llegar a acuerdos con los adversarios políticos fuera una gran virtud hace unos pocos años y ahora sea una traición permitir que haya un gobierno aunque éste sea el que más apoyo pueda concitar? 

Vengo defendiendo desde hace meses la imprescindible reforma del artículo 99 de la CE, fruto de un espíritu de resolución de diferencias que hoy se ha evaporado. Este artículo regula cómo se articula la conformación de una mayoría parlamentaria que permita gobierno, pero se hizo en una época en la que no se consideraba que pudiera haber más ánimo de bloqueo que ánimo de acuerdo entre los políticos de nuestro país. Es por lo que insisto en pedir una reforma que evite que la mayoría de bloqueo conduzca a nuestro país a una repetición electoral tras otra, algo seguro que indeseado por el legislador constituyente, e indeseable para la mayoría de españoles y españolas del momento presente. Una buena opción sería imitar el modelo vasco o el modelo asturiano, sin necesidad de otras fórmulas ajenas a nuestro propio país. Si ninguna fuerza política consigue los apoyos necesarios, gobernará aquella que tenga más apoyos en el Parlamento. Era factible que a los efectos de evitar un gobierno del PP, Podemos hubiera apoyado en marzo la candidatura de Pedro Sánchez de disponer de una normativa electoral como la que acabo de exponer. En cualquier caso creo que la legislación debe corregir este desvarío o nos adentraremos en un periodo presidido por la inestabilidad y su principal derivada, la desconfianza. Ahora, precisamente que los partidos políticos son más fuertes que en 1978, y por contra lo que dicen representar desde el punto de vista de legitimidad se demuestra más débil que entonces. 

Estos debates parecen académicos, ajenos a la ciudadanía. Sin embargo son vitales para medir la salud de nuestra democracia. Muchos politólogos y sociólogos de España nos advierten que el incremento de la abstención se deriva del agotamiento social por la repetición de elecciones. No me asusta tanto el agotamiento, ni el aburrimiento, como la pérdida de confianza en el sistema, que suele ser la víspera de conductas disolventes y de soluciones populistas y antidemocráticas. Esto también nos lo jugamos en esta partida, por más que Podemos y otras fuerzas políticas quieran hacernos creer lo contrario, quizá de manera interesada. 

2º: El debate se ha situado equivocadamente en el ámbito de los principios, cuando es rigurosamente estratégico. Los principios del PSOE nunca han estado en cuestión. ¿Cuáles son?: La Libertad para que toda persona pueda llevar a cabo su proyecto personal de vida, la Igualdad de derechos y de condiciones para que todas las personas puedan desarrollar sus capacidades y potencialidades y la Solidaridad para que todas las personas tengan aseguradas sus necesidades básicas. Nuestros fines son garantizar los derechos de los trabajadores, la igualdad entre mujeres y hombres, acabar con la pobreza en nuestra sociedad, universalizar el derecho a la atención sanitaria para todos los seres humanos o que los hijos e hijas de trabajadores y desempleados puedan acceder, si lo desean, a estudios y formación superior sin que la renta familiar sea un impedimento. Estos, y otros muchos fines, junto con nuestros principios, se pueden defender y materializar si gobernamos, es decir, si nos hacemos merecedores de la confianza de la ciudadanía. Pero cuando esto no ocurre, también podemos esgrimirlos a través de la negociación con otras formaciones políticas con otros programas consiguiendo acuerdos que los hagan posible. Dicho de otra manera, el qué (principios) no cambia, sabemos qué queremos y luchamos por conseguirlo, pero el cómo (estrategia) no es invariable y depende de las circunstancias. 

Por tanto no es un sacrilegio plantear en este escenario de gran vulnerabilidad electoral para los socialistas, si es más práctico defender nuestros principios mediante el mecanismo de la oposición útil a un gobierno débil o acudir a nuevas elecciones con el convencimiento de que van a fortalecer a quienes tienen otro ideario y alejarnos de conseguir los fines que defendemos. Poniendo un ejemplo concreto de mis prioridades. Para mí es vital conseguir un pacto de estado contra la pobreza infantil. ¿Cómo es más factible conseguir dicho acuerdo y producir el bien social que perseguimos? ¿Con elecciones o en este contexto parlamentario donde el PP depende mucho de los demás? Porque si alguien me convence que volviendo a elecciones vamos a fortalecer nuestro proyecto, me sumaré con entusiasmo. Pero si lo que hacemos repitiendo elecciones es creer que protegemos nuestra pureza pero alejarnos de nuestro objetivo de erradicar la pobreza infantil, entonces ya no lo tengo tan claro. Profetizan los que rechazan la abstención terribles consecuencias para el PSOE, y respeto mucho esta opinión y no la considero desdeñable. Se trata, pues, de una posición estratégica frente a un dilema estratégico, y no moral. Lo que no estoy dispuesto a aceptar es que nadie reparta carnés de izquierda dentro del Partido. Eso no. Como decía Borges “hay comunistas que sostienen que ser anticomunista es ser fascista. Esto es tan incomprensible como decir que no ser católico es ser mormón”. No le hemos permitido durante años a los comunistas lecciones morales, no se las aceptamos a Podemos, y no debemos tolerarlo entre nosotros. 

Todos los socialistas, los que quieren terceras elecciones y los que prefieren desbloquear la situación, desean desmontar la obra política de Rajoy. Unos piensan que lo harán emplazándonos a nuevas elecciones y ganando, y otros ven improbable esa opción en este momento y optan por utilizar la debilidad del PP para aprobar leyes que no serían posibles si el PP en unas elecciones se fortaleciera como ya pasó en junio. Opino que hay razones para ir a terceras elecciones sometiendo a un sacrificio a nuestro país y razones para desbloquear la situación asumiendo un gran sacrificio como partido, pero no hay razones para participar en la deliberación y votación de una decisión y luego saltarse el acuerdo, porque dicha acción supone una deslegitimación de la organización. Sería más coherente que dejase de pertenecer al Partido o a esos órganos quien no esté dispuesto a respetar sus legítimas decisiones.

Un sí por el cambio era el slogan con el que nos presentamos y, aunque a algunos les parezca imposible es lo que vamos a defender. Porque no cambiaremos al Presidente del Gobierno, pero tenemos la capacidad de anular leyes y políticas de la pasada legislatura del PP a través de la negociación y contando con los apoyos de los que aun disponemos.

Siento un profundo vértigo cuando miro al futuro del PSOE. Reconozco dudar, me asombra quien no lo hace y tiene todo tan claro. Pero someto al espejo la obra del PSOE de estos 40 años de gobiernos y oposición. Y lo que veo, en su mayoría, me gusta. Decía Borges, en una cita a la que acudo con frecuencia “estoy solo y no hay nadie en el espejo”. Yo creo que el PSOE no está solo, sino muy acompañado. Y en el espejo sigue estando el PSOE, aunque algunos quieran que no seamos ni siquiera un reflejo. Ser más, depende ya de nosotros. Debemos empezar por respetarnos. Así, haremos PSOE y seguiremos siendo útiles a los intereses de las mujeres y hombres de nuestro país. 

Y si has llegado hasta aquí, disculpa que en la era del tuit haya soltado todo este parlamento. 


Un fraternal saludo.