jueves, 11 de mayo de 2017

¿Defensores de la militancia o de un poder sin controles?

Un PSOE que deje de gritar(se) y que gane elecciones

Llevo muchos años padeciendo ataques por defender mis ideas, por ser de izquierdas, por ser del PSOE. El Partido Popular normalmente lo ha hecho a través de la prensa, Izquierda Unida en sus folletos y, en los dos últimos años, Podemos a través de redes sociales, donde tienen un despliegue espectacular. Para unos soy un radical de la extrema izquierda, para otros de derechas, como todos los socialistas. Decía Borges que “hay comunistas que sostienen que ser anticomunista es ser fascista. Esto es tan incomprensible como decir que no ser católico es ser mormón.” Borges debía conocer bien a algunos de “mis comunistas” (y los rebautizados populistas), esos que me predican desde la nueva atalaya de Twitter sobre la verdad revelada y absoluta con toda la catarata de improperios que les cabe en su evangelio de izquierda única e inmaculada. Eso sí, para no hacer coincidir sus palabras democráticas y sus consejos de transparencia con sus actos, ocultan sus nombres detrás de perfiles falsos. Me encantan esos muchachos valientes. 

No había sufrido nunca, al menos públicamente, la censura de compañeros/as de mi Partido. Nunca, hasta ahora, porque recientemente se ha generado dentro del PSOE una especie de policía de la pureza ideológica, formada por una partida de afiliados que determinan según su propio criterio si uno es suficientemente de izquierdas para estar en el PSOE. Su propio criterio o el de alguien superior, alguien capaz de hacer afirmaciones del tipo “Hay dos modelos de partido: el de la abstención o el de la militancia”. ¡Toma ya!

Tras el no de Pablo Iglesias al PSOE en marzo del 16, y tras las elecciones de junio y su penoso resultado… ¡Pero si de todo esto ya hemos hablado suficiente! Creo que ya expuse como es absolutamente falso que Pedro Sánchez no fuese partidario desde el principio de la abstención, sobre todo porque la otras alternativas eran imposibles (sumar a los separatistas catalanes a cambio del referéndum) o suicidas (terceras elecciones que afianzarían al PP y debilitarían más al PSOE y resto de la izquierda). Me remito a mi artículo de octubre del año pasado, que se acompaña de las principales encuestas de aquellos días en los que también se aprecia con nitidez que los votantes socialistas optaban por la abstención en lugar de terceras elecciones, y evito aburrirles de nuevo desmontando este tipo de mantras de la postverdad. Pero si alguien busca una fuente más directa para avalar que la abstención era la posición de Pedro Sánchez se puede ver aquí su confesión (Observemos como en un análisis muy desacertado el entonces Secretario General vincula abstención con apoyo a los presupuestos). Sé que hay quien preferirá ignorar estas evidencias y seguir pensando que Pedro Sánchez no quería abstenerse que asumir las consecuencias de los hechos.

A mí me parece evidente que se buscaba otra cosa distinta a las terceras elecciones, el afianzarse en la Secretaría General a pesar de perder elecciones. Esa debió ser la auténtica razón por la que hacer un congreso exprés sin mínimas condiciones de democracia interna, a diferencia de lo que sucede ahora, un Congreso con primarias, tres candidatos y tiempo suficiente para contrastar posiciones y que cada cual pueda valorar lo que le parece mejor. Por decirlo de alguna manera ahora tenemos un Congreso, y lo que se intentó hacer en octubre, deprisa y corriendo, era un chantaje. Lo malo de los chantajes es que hay quien, a veces, los paga. 

Ahora sí podrá hablar libremente la militancia, sin que tengamos la prisa ni la presión de tener pendientes otras decisiones. Como decía Pedro Sánchez el 28 de diciembre de 2015 cuando tocaba celebrar el Congreso Ordinario: “…no cabe congreso hasta que se resuelva la gobernabilidad del país”. Pues eso. 

En este contexto podemos hablar, por fin, de los debates que deben preocupar más a las y los militantes. Por ejemplo, el debate de quien debe representar a la militancia, si de manera directa y unívoca el o la líder, o deben hacerlo los comités. Quienes acusan a los que apoyan a Susana Díaz de no ser la candidata de la militancia, lanzan proclamas del tipo: “En el PSOE tiene que mandar la militancia, no los comités”. Jamás vi un disparate mayor. Sin comités, órganos que representan a la militancia, ni seríamos una partido federal, ni tan siquiera seríamos un partido democrático, o lo seríamos pero menos. Eliminar los mecanismos de control y las estructuras representativas entre la militancia y el líder parece más el sueño de la derecha económica empeñada en separar el poder político del real, o del populismo disolvente que de las organizaciones de izquierdas. Los liderazgos personalistas, al modelo chavista, en sustitución de organizaciones vertebradasno conducen a más democracia, sino a ejercicios de poder ilimitados donde la sociedad carece de respuestas para ejercer el control.

Es cierto que en una época como la actual donde los posicionamientos políticos se hacen desde la visceralidad en lugar del razonamiento, hablar de democracia representativa puede sonar a trasnochado. La mayoría dice querer participar más, y en el fondo lo que desea es contar más en las decisiones. Pero esto no siempre se puede conseguir mediante el ejercicio directo del voto que se reserva a decisiones muy excepcionales, sino a través de representantes territoriales que den cauce a la participación. 

Me parece desafortunado considerar más demócrata a quien apuesta por difuminar los órganos de representación intermedios en favor de un supuesto pero improbable universo de decisión directa permanentemente convocado y reunido. Sin órganos intermedios de representación, todo el poder deviene en un solo individuo, que además carece de controles externos, salvo los de esa masa informe y compleja que es la asamblea del voto directo. El poder se vuelve ilimitado, absoluto y descontrolado. 

Así que despejado que no es más demócrata, ni por tanto favorable a la participación de la militancia en la toma de decisiones, quienes quieren diluir y restar poder a los comités, vayamos a otras cuitas.

Parece que quienes deciden cuáles son los asuntos que se abordan en esta campaña de primarias le han hurtado a la militancia un contenido de enorme importancia para los partidos: los resultados electorales. Primero, brevemente lo irrebatible, las dos tremendas derrotas cosechadas con el candidato Pedro Sánchez. Este asunto lo defienden sus prosélitos con el argumento que estos tiempos han sido muy difíciles, obviando que precisamente porque los tiempos eran difíciles la militancia y la inmensa mayoría de los dirigentes decidieron darle su apoyo a Pedro Sánchez para combatir la pérdida de votos. Hoy podemos juzgar como un absoluto fracaso dicha elección, que lógicamente era legítima, pues no sólo no se frenó la sangría sino que aumentó de manera muy considerable.

Veamos los territorios. Donde el PSOE ha conseguido situarse en condiciones de gobernar (Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha, Aragón, Comunidad Valenciana, Asturias y Baleares) ningún/a presidente/a apoya a Pedro Sánchez, sin duda porque no creen que tenga capacidad ni de ganar futuras elecciones generales ni de ayudar a victorias en los procesos autonómicos. 

Mención aparte merece el trato que desde una parte del Partido se les está dispensando a los presidentes y presidentas autonómicas. Parece como si ganar u obtener magníficos resultados en la urna grande (la de la ciudadanía) fuese poco menos que la demostración de impureza ideológica. Quizá deberíamos considerar a los que han merecido el apoyo popular una brújula para no perder nuestro norte, y no creernos más capacitados que ellos para comprender lo que la sociedad está demandando del Partido. Para algunos, obtener más de un 25% de apoyo electoral y haber conseguido gobernar en una Comunidad Autónoma convierte a un compañero automáticamente en casta. 

Lo mismo ocurre con nuestros referentes más próximos: los mismos militantes que tachan a Zapatero de traidor, y lo sitúan como parte de un pasado a olvidar, que reniegan de él y de todo lo bueno que  hizo el PSOE en sus gobiernos, se emocionan embelesados con la presencia de alguna de sus ministras, Cristina Narbona, o Carmen Calvo, por el mero hecho de que están con su candidato. Tenemos que pensar más las cosas.

Pero lejos de reflexionar, estamos en época de gritar (nos). Me disgustaría que cayésemos en la imitación de la izquierda retórica, la que dice odiar mucho al PP, pero luego es incapaz de ganarle elecciones. O peor, en convertirnos en un cuerpo que se explica sólo por oposición a otros, sin identidad propia…. Me gustaría que un Partido que ha cumplido 138 años no se definiese solo como lo contrario al PP, que apenas tiene dos décadas. Tenemos una identidad, unos valores y mucha historia y más futuro al servicio de la sociedad española. Pero ser útil a la gente de nuestro país requiere devolver a nuestro partido a la senda de las victorias electorales, lo cual es improbable si insistimos en desoír los mensajes que la propia sociedad nos ha mandado en las últimas dos elecciones generales.